Hay cosas en casa que limpiamos casi en “piloto automático”: el suelo, la mesa, las ventanas e incluso el sofá. Pero ¿y el cabecero de la cama? Sea sincera: ¿cuántas veces lo ha limpiado?
Está ahí todos los días: nos apoyamos para leer, ver la televisión o usar el móvil. A veces con el pelo mojado, otras después de un día de trabajo. Y, sin darnos cuenta, van apareciendo marcas. Primero casi imperceptibles… después, ya no tanto.




